Las transiciones hacia la democracia son momentos colmados de expectativas, pero también son frágiles, lentas y a menudo generadoras de frustración. Las imágenes de las multitudes celebrando frente al Parlamento húngaro evocan recuerdos de aquellos que celebraron la caída del Muro de Berlín en 1989 y las festividades en la Avenida 9 de Julio en Buenos Aires de 1983.
No obstante, estos ejemplos representaron transiciones claras de regímenes autoritarios hacia democracias consolidadas. El panorama en Hungría para 2026 es diferente y podría señalar un nuevo tipo de proceso de democratización. No se trata del colapso del autoritarismo, sino del desmantelamiento de una democracia “iliberal”.
La erosión del estado de derecho, el debilitamiento del equilibrio de poderes, y la «colonización» de medios de comunicación y agencias estatales independientes por parte de Fidesz han convertido a la Hungría de Orbán en un régimen político único: no es una democracia tradicional, pero tampoco un régimen autoritario en su totalidad.
Los retos que deberá enfrentar Peter Magyar no se distancian mucho de los que vivieron figuras como Raúl Alfonsín en Argentina, Adolfo Suárez en España, Lech Walesa en Polonia y Eduardo Frei en Chile. Estos líderes navegaron por procesos de democratización de regímenes autoritarios, afirmando la supremacía de la autoridad civil, rehabilitando partidos políticos y ampliando los derechos civiles y políticos, a menudo sin realizar purgas masivas en el aparato de seguridad, reformar todo el sistema judicial o enjuiciar a miembros enteros del antiguo régimen. Alfonsín se enfrentó a varios levantamientos militares, mientras que Suárez debió lidiar con un intento de golpe de estado y actos de terrorismo de grupos de extrema derecha. Es probable que Hungría enfrente resistencia interna y acciones de sabotaje por parte de los fieles a Orbán.
En este sentido, podríamos estar observando un nuevo modelo de democratización. Este fenómeno no es aislado; Brasil y Estados Unidos vivieron experiencias similares entre 2022-23 y 2020-2021, respectivamente. Aunque en ambos casos no se puede calificar a Trump o Bolsonaro como “el régimen” per se, es evidente que sus acciones dejaron clara su intención de socavar la democracia, tal como se reflejan en sus intentos de golpe de estado.
Una de las principales diferencias es que Bolsonaro fue juzgado por sus crímenes contra la democracia brasileña, siendo condenado a 27 años de prisión por la Corte Suprema el 11 de septiembre de 2025, estableciendo un precedente para otras democracias. En contraposición, Trump tuvo la oportunidad de lanzar su tercera campaña presidencial y buscar el poder nuevamente.
Si Magyar realmente busca un regreso a la democracia, deberá afrontar grandes desafíos, especialmente en lo relativo a la fortaleza de las instituciones democráticas.







