Desde temprano en la mañana, una fila que se extendía por varias calles comenzó a formarse alrededor del lugar donde tuvo lugar la Expo Empleo Barrial, organizada por la Subsecretaría de Trabajo y Empleo de la Ciudad de Buenos Aires. Más de diez mil personas se inscribieron para participar, la mayoría jóvenes con una urgencia que no puede esperar. Según fuentes del gobierno de la ciudad, alrededor de 2.100 personas asistieron a la expo.
“Necesito solventar mis estudios”, comenta Nadia con una tranquilidad que resulta difícil de mantener, y agrega: “Esta puede ser la oportunidad definitiva para lograr mi autonomía financiera.” Unas palabras significativas para una joven que aún no había tenido su primera entrevista de trabajo cuando las expresó. Mientras hablaba, la fila continuaba creciendo detrás de ella, como si toda la ciudad hubiera decido levantarse temprano con el mismo propósito.
La imagen representa una paradoja urbana: en uno de los barrios más exclusivos de Buenos Aires, repleto de restaurantes de autor y departamentos cuyo precio está marcado en dólares, miles de jóvenes aguardaban en la vereda por un empleo que ofrece un salario de medio millón de pesos por seis horas de trabajo. Palermo se convierte en el escenario de una Argentina donde coexisten realidades que no suelen mirarse de frente.
La feria reunió a 31 empresas que ofrecieron más de 600 puestos de trabajo en sectores que varían desde la gastronomía hasta la tecnología. La proporción de la demanda es notable: aproximadamente diecisiete postulantes por cada puesto disponible. Una ecuación cruel que se repite en cada convocatoria de este tipo y que ilustra, de manera más precisa que cualquier estadística oficial, la situación del mercado laboral para los jóvenes menores de 30 años en la Argentina actual.
Sin embargo, el problema no se limita a la escasez de empleo. Tener un trabajo tampoco es suficiente.
Felipe Bordón, de 18 años, ya tiene experiencia laboral. Trabaja ensamblando pantallas para eventos, vive en Nueva Pompeya y comparte un departamento con su hermana desde que sus padres se trasladaron fuera de la Capital. A pesar de contar con un empleo, no le resulta suficiente. Asistió a la feria buscando un segundo trabajo que pueda compaginar con su primera ocupación y sus estudios en kinesiología.
“La situación está muy complicada”, explica, empleando un lenguaje conciso, propio de alguien que ha aprendido que quejarse no lleva a ninguna parte. Su estrategia es mantener dos trabajos al mismo tiempo mientras culmina su carrera. Nadie lo ve como un sueño, sino como una necesidad aritmética: dos sueldos para cubrir lo que antes se conseguía con uno solo.
Este perfil se ha vuelto habitual tanto en las ferias de empleo como en el mercado laboral en general: el joven que trabaja y aún así no llega, que posee un empleo y aún necesita otro, que estudia, trabaja, y sigue dependiendo de la convivencia forzada para poder sostenerse.








